Examinemos los motivos que inducen a nuestros programadores de radio y televisión a presentar sus productos con agresividad en lugar de razonadamente. Existen varias fuerzas no relacionadas que les impulsan a ello. Una gran parte del público actual obtiene su información a partir de estos dos medios, en detrimento de la prensa escrita. La tecnología de la radio y de la televisión se retrotrae, hasta cierto punto, a un pasado, mientras que la prensa en el mundo occidental, según las palabras del lingüista Walter Ong, enseñó a la sociedad a ser menos polémica. Si no hay audiencia ante la cual se pueda presentar un debate, como es el caso de la prensa escrita, la atención suele volverse gradualmente hacia una argumenta interna, porque no existe la posibilidad de un espectáculo. El incremento actual del clima polémico se debe en parte al hecho de haber regresado a la tradición oral, que la televisión y la radio propician ciertamente. Las fuentes de información también se han sumado a la competición en pos de los índices de audiencia, puesto que en su inmensa mayoría se trata de empresas comerciales. En aquellos para quienes la difusión de noticias representa un beneficio, es natural el deseo de llevar a cabo su cometido de la forma más entretenida posible para que el interés de su clientela no decaiga. Puesto que existe la Creencia de que el enfrentamiento es sinónimo de espectáculo, el resultado es previsible.
Existe la opinión de que escuchar programas radiofónicos en emisoras de derechas es divertido. En cualquier caso, ninguna emisora pública o privada puede soslayar la exigencia de un entorno que pide diversión, conversaciones amenas y controversia en Washington, D. C., existe un programa de radio, The Derek McGinty Shozv, que semanalmente incluye una sección llamada << The D.C. Politics Hour with Mark Plotkin>>. Los análisis de prensa se refieren a dicha sección como <<a veces combativa y siempre divertida>>. El presentador y sus invitados parecen a veces como <<un vodevil en el que se intercambian insultos, chascarrillos y demás, pero que además facilita toda clase de información sobre lo que sucede en la ciudad>>. Este comentario no deja de tener trascendencia; en realidad, esta emisora goza de altas cotas de credibilidad, pero asusta pensar que la política pueda equiparse al deporte o al teatro cuando la primera tiene repercusión tan directa en la vida cotidiana.
Uno de los peligros que conlleva la práctica de presentar la política como si se tratara de un espectáculo deportivo o teatral (de teatro de controversia) es un modo de afectar a la información. El tipo de imagen que da una presentación radiofónica o televisiva al estilo de Hot Air de Howard Kurtz no es muy edificante. En efecto, este tipo de programa requiere de la participación de analistas políticos a menudo poco preparados que airean sus opiniones sobre una amplia gama de <<Desconocemos completamente el contenido de algunos temas salvo por lo que hemos leído previamente en The New York Times>>. No obstante, prosigue no pueden permitirse dar una mala imagen: <<en televisión esto no sería admisible, y si lo hiciera, McLaughlin se molestaría porque esta obstinado en dar un aura de seriedad a su programa>>. Eleanor Clift, otra comentarista habitual del programa, agrega: <<En estos programas se disponemos de poco tiempo y no podemos matizar>>. Kurtz también se refiere a otro comentarista asiduo, Mort Kondracke, que declaro: ¿Demasiado simplista? ¡Por supuesto! ¡No hay tiempo para pensar!
Existe la opinión de que escuchar programas radiofónicos en emisoras de derechas es divertido. En cualquier caso, ninguna emisora pública o privada puede soslayar la exigencia de un entorno que pide diversión, conversaciones amenas y controversia en Washington, D. C., existe un programa de radio, The Derek McGinty Shozv, que semanalmente incluye una sección llamada << The D.C. Politics Hour with Mark Plotkin>>. Los análisis de prensa se refieren a dicha sección como <<a veces combativa y siempre divertida>>. El presentador y sus invitados parecen a veces como <<un vodevil en el que se intercambian insultos, chascarrillos y demás, pero que además facilita toda clase de información sobre lo que sucede en la ciudad>>. Este comentario no deja de tener trascendencia; en realidad, esta emisora goza de altas cotas de credibilidad, pero asusta pensar que la política pueda equiparse al deporte o al teatro cuando la primera tiene repercusión tan directa en la vida cotidiana.
Uno de los peligros que conlleva la práctica de presentar la política como si se tratara de un espectáculo deportivo o teatral (de teatro de controversia) es un modo de afectar a la información. El tipo de imagen que da una presentación radiofónica o televisiva al estilo de Hot Air de Howard Kurtz no es muy edificante. En efecto, este tipo de programa requiere de la participación de analistas políticos a menudo poco preparados que airean sus opiniones sobre una amplia gama de <<Desconocemos completamente el contenido de algunos temas salvo por lo que hemos leído previamente en The New York Times>>. No obstante, prosigue no pueden permitirse dar una mala imagen: <<en televisión esto no sería admisible, y si lo hiciera, McLaughlin se molestaría porque esta obstinado en dar un aura de seriedad a su programa>>. Eleanor Clift, otra comentarista habitual del programa, agrega: <<En estos programas se disponemos de poco tiempo y no podemos matizar>>. Kurtz también se refiere a otro comentarista asiduo, Mort Kondracke, que declaro: ¿Demasiado simplista? ¡Por supuesto! ¡No hay tiempo para pensar!
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